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La Diplomacia

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Sin duda, la diplomacia jamás puede defenderse. Porque de todas las actividades del hombre, es tal vez la única que debe trabajar estrechamente aliada con el silencio. No el silencio, como creen muchos, en el sentido de misterio, sino el silencio como decía mi maestro, el Embajador Gonzalo Fernández Puyó, eminente Presidente de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional hasta su muerte (2010): “en su dimensión más noble, que es la de la discreción”. Una conexión lógica nos lleva a determinar que el derecho internacional nos dirá el campo y los temas sobre los que los Estados puedan negociar. El derecho diplomático nos dirá cómo hacerlo, y de este código surgirá, como un arte sutil, la diplomacia, que es la profesión encargada de utilizar esas normas para representar a los pueblos, defender sus intereses y negociar por la paz. El uso del término diplomacia, en la acepción que le damos hoy día, es relativamente moderno. Hugo Grocio, padre del Derecho Internacional, no lo conoció; sin embargo, la palabra diploma, según Littré, viene del griego diplom, que significa doblar, y con ella se designaba un acto oficial por el que se confería un privilegio que se comunicaba al destinatario en un documento plegado en dos. De hecho, la correspondencia diplomática más antigua de que se tiene conocimiento es la de Tell el-Amarna, de los siglos XV y XIV a. C. Es curioso anotar cómo empezaban estas cartas: “Al Rey egipcio –Amenofis IV-, mi hermano, Kadashman Karbe, Rey de Carduniash (Babilonia), tu hermano. Saluda tu casa, tus mujeres, todo tu país,tus carrozas, tus caballos, tus señores: a todos un gran saludo”. Hacia el siglo V los griegos ya tenían consejos Anfictiónicos, ligas y alianzas, y habían desarrollado ciertos principios como la declaración de guerra, la ratificación de los tratados, el arbitraje, la neutralidad, el intercambio de representantes, la designación de cónsules, llamados proxenos y algunos conceptos sobre el asilo y la extradición. A los romanos debemos el civitas gentium y el jus gentium, el respeto de la palabra empeñada y de los tratados. El jus fetiales fijaba las normas para la declaración de la guerra y también para la celebración de la paz.

Sólo recién en 1648 se produce un gran punto de quiebre con la celebración de la Paz de Westfalia que puso fin a la Guerra de los Treinta Años en Europa y que marcó una fecha muy importante en la historia de la diplomacia, pues, desde ese momento se generalizan las misiones permanentes. Se inicia para la diplomacia una nueva época; adquiere mayor contenido y sus finalidades adoptan una orientación que no se circunscribe únicamente a la persona del soberano. En la actualidad es muy común oír decir que el embajador es un representante personal del Jefe de Estado, sea éste rey o presidente de la República. Eso es un error. Constituye un resabio de épocas pretéritas en que el embajador era un representante del monarca y, como tal, tenía carácter representativo de acuerdo con el Reglamento de Viena de 1815. Con este concepto se terminó definitivamente en 1961 con la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas que constituye el texto más comprensivo del Derecho Diplomático y que ha servido de base a otros acuerdos complementarios. El campo de acción de la diplomacia derivado de Westfalia es más amplio. A la negociación, característica de las misiones esporádicas, se agregan la mantención de relaciones continuas y la labor de información también permanente. Ya no sólo interesan los efectivos y armamentos, la potencia militar de un país, sino su situación política, económica y cultural. La diplomacia bilateral, que es la diplomacia por antonomasia, adquiere también importancia en Westfalia; entra a actuar en reuniones internacionales colectivas que se inician con ese congreso. Se estaba aún muy lejos de la aceptación del principio de la igualdad jurídica de los Estados; pero estaba tomando forma la noción abstracta del Estado. Poco a poco se va terminando con el criterio del territorio propiedad del soberano y con la calidad de vasallos de sus habitantes. Pierde fuerza el absolutismo y empieza a surgir la responsabilidad del gobernante ante los gobernados. El estado pasa a ser una entidad ajena y quien lo rige y la política internacional pierde su carácter personalista y se hace nacional. Hoy la ciencia de las Relaciones Internacionales da equilibrio y rigurosidad comprehensiva a la situación internacional y el diplomático debe ser ducho en esta ciencia que como carrera profesional se dicta en el país en el nivel del pregrado.

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