Dr. Fernando Lamas Delgado, docente de Psicología de la Universidad San Ignacio de Loyola.
En los últimos días, una expresión nacida en el lenguaje de los videojuegos y las redes sociales ha comenzado a ocupar también las calles: “farmear aura”.
Dos jóvenes se enfrentan, hacen un gesto, adoptan una pose, realizan una caminata o protagonizan alguna ocurrencia, mientras el público determina —en tono de broma— quién ganó más “puntos”.
Podríamos quedarnos en la anécdota y sonreír ante una nueva moda juvenil, como ocurrió con los “therians”. Pero, como suele suceder con los fenómenos aparentemente triviales, quizá haya algo más interesante detrás.
Desde la psicología social, estas batallas pueden entenderse como pequeños rituales contemporáneos de reconocimiento. El joven se presenta ante los demás y espera una respuesta: una risa, un aplauso, una mirada, una reacción.
Durante la adolescencia, la opinión de los pares adquiere una importancia especial. Ser aceptado, pertenecer y ocupar un lugar dentro del grupo forman parte del proceso de construcción de la identidad.
En ese sentido, “tener aura” no es muy diferente de aquello que antes llamábamos tener presencia, carisma o popularidad. Lo novedoso es que hoy esa necesidad de reconocimiento aparece envuelta en el lenguaje de los videojuegos: se acumulan puntos, se sube de nivel, se gana o se pierde.
Hasta nuestra manera de mostrarnos ante los demás parece haberse convertido en un juego.
Aquí aparece una pregunta: ¿Estamos aprendiendo a sentirnos seguros o estamos aprendiendo a parecer seguros?
No son exactamente lo mismo. Una persona segura puede equivocarse, pasar desapercibida o incluso hacer el ridículo sin sentir que vale menos. En cambio, cuando la mirada de los demás se convierte en el principal espejo de nuestra identidad, necesitamos señales constantes que nos confirmen que somos interesantes, atractivos, admirados o importantes.
Las redes sociales han amplificado esta lógica. Ya no solamente mostramos quiénes somos: aprendemos a construir una versión de nosotros mismos capaz de provocar determinadas reacciones.
El “aura” puede ser una manera divertida de jugar con la identidad, pero también puede mostrarnos cuánto dependemos de la mirada ajena. Sin embargo, sería injusto convertir esta moda en un nuevo motivo para que los adultos miremos a los jóvenes con las acostumbradas preocupación o superioridad.
No todo comportamiento juvenil necesita interpretarse como síntoma de un problema. Jugar, hacer el ridículo entre amigos, competir, buscar una reacción y experimentar diferentes maneras de presentarse ante los demás también son formas de aprender a relacionarse.
La pregunta clínica no debería ser simplemente “¿por qué hacen esto?”, sino “¿qué función cumple para este joven?”.
Hay, además, una paradoja que me parece especialmente humana. El joven puede decir: “No me importa lo que piensen de mí”, mientras hace algo precisamente para provocar una reacción en los demás.
Pero no deberíamos juzgar rápidamente esa contradicción. Todos, en mayor o menor medida, necesitamos ser reconocidos. También los adultos.
Cambian las palabras, pero la necesidad permanece. Ellos preguntan cuánto “aura” tienen; nosotros podemos preocuparnos por nuestros seguidores, nuestras fotografías, nuestros logros, nuestro prestigio o por cuántas personas reconocen nuestro trabajo.
Quizá la distancia entre ambas cosas sea menor de lo que nos gusta admitir. Los jóvenes no inventaron la necesidad de ser vistos: simplemente la expresan con el lenguaje de su tiempo.
Por eso, la verdadera pregunta no es cuántos puntos de aura puede conseguir alguien, sino qué sucede cuando no consigue ninguno.
Una autoestima suficientemente sólida permite perder una batalla y, aun así, sentirse valioso.
Tal vez esa sea la verdadera batalla que tenemos delante: aprender a ser vistos sin necesitar permanentemente la mirada de los otros para saber quiénes somos.