Por: Victoria Jiménez Chamucero, decana de la Facultad de Educación de la Universidad San Ignacio de Loyola

No esperar al próximo PISA para saber qué funciona

PISA 2025 deja una señal más incómoda que el retroceso en los puntajes. En matemática y lectura, los resultados del Perú volvieron a niveles cercanos a los observados en 2015 y se perdieron los avances conseguidos después de ese año. La pregunta, entonces, ya no es únicamente por qué los estudiantes obtienen bajos resultados, sino por qué el sistema tiene dificultades para sostener las mejoras cuando estas empiezan a aparecer.

Frente a los resultados, la urgencia por actuar es comprensible. El riesgo está en convertir esa urgencia en una sucesión de nuevas iniciativas antes de saber con suficiente claridad qué funcionó, qué no lo hizo y por qué. La discontinuidad de las políticas, las dificultades para llevarlas efectivamente al aula y las intervenciones que intentan resolver problemas complejos desde una sola estrategia aparecen entre los factores que pueden impedir que los avances se consoliden.

La educación peruana tiene abundantes diagnósticos. PISA es uno de ellos y probablemente el que consigue mayor atención pública. Pero una evaluación debería servir también para decidir qué se mantiene, qué se corrige y qué necesita probarse de otra manera. De lo contrario, cada medición termina abriendo una nueva discusión mientras los problemas fundamentales permanecen.

Uno de ellos es la experiencia cotidiana de aprendizaje. PISA no mide cuánto contenido recuerda un estudiante, sino qué puede hacer con lo que sabe. La propia evaluación busca determinar si los jóvenes pueden resolver problemas, pensar críticamente y aplicar sus conocimientos a situaciones reales.

La solución tampoco es sumar una lista cada vez mayor de competencias. La tecnología y la inteligencia artificial forman parte de ese escenario, pero su valor educativo dependerá de que ayuden a pensar mejor y no de que sustituyan ese proceso.

Entonces, ¿cómo convertir ese diagnóstico en una mejora que pueda sostenerse? Una alternativa es concentrar los esfuerzos en los aprendizajes fundamentales y cambiar, al mismo tiempo, la manera de implementar las intervenciones.

Una ruta posible sería un Programa Nacional de Fortalecimiento de Aprendizajes Fundamentales que priorice comprensión lectora, razonamiento matemático y autorregulación del aprendizaje, especialmente entre quienes presentan mayores dificultades. No debería ser simplemente otro programa de capacitación docente, este tendría cinco componentes: diagnosticar, intervenir, acompañar, monitorear y corregir sobre la base de los resultados.

Su implementación también podría avanzar por etapas. Un primer periodo permitiría identificar brechas de aprendizaje y capacidades docentes. Luego vendría un piloto en escuelas que representen realidades distintas del país. Solo las estrategias que demuestren resultados deberían escalarse y, finalmente, incorporarse a la política educativa regular.

La gradualidad no significa postergar las decisiones. Significa evitar que una política se generalice antes de saber si funciona en una escuela urbana, rural, intercultural, amazónica o periférica. Una buena intervención diseñada desde Lima pierde valor si no puede producir resultados cuando cambian el territorio, los recursos disponibles o las condiciones en que aprenden los estudiantes.

También obliga a modificar la forma de medir el éxito. No sería razonable esperar a la siguiente edición de PISA para descubrir si las decisiones adoptadas durante los próximos años dieron resultado. El progreso puede seguirse antes, observando comprensión lectora, razonamiento matemático, resolución de problemas, autonomía para aprender, permanencia escolar y evolución de las prácticas pedagógicas.

Mejorar en PISA debería ser una consecuencia de mejorar los aprendizajes, no el objetivo que organice la enseñanza. La discusión que deja PISA 2025 puede ser útil si consigue mover la atención desde el puntaje hacia una pregunta más exigente. Cómo saber, antes de la próxima evaluación, qué está funcionando, dónde funciona y qué necesita corregirse.

Ese cambio puede ser menos visible que anunciar una nueva reforma. Pero permitiría algo que los últimos resultados han vuelto especialmente urgente, que una mejora conseguida hoy no vuelva a desaparecer algunos años después.