El último colapso más grande y repentino del comercio mundial fue apenas hace doce años, con la caída del banco norteamericano Lehman Brothers. El colapso supuso una caída severa en la actividad económica, la cual fue sincronizada en todos los mercados del mundo, tardándose doce meses en expandirse. A diferencia de crisis pasadas (crediticias, bancarias o cambiarias), la emergencia por coronavirus, para el profesor Richard Baldwin, tiene un poco de todo eso, con algo muy particular: una gestación desconocida y una expansión precipitada. 

El primer mercado víctima fue China, luego, todos los países más industrializados del mundo, agrupados en el G7 —Estados Unidos, Alemania, Francia, Japón, Italia, Reino Unido y Canadá—, todos a la vez, en tan solo tres meses. Con un futuro incierto, ¿qué hacer?, pregunta que inevitablemente ha tocado la mente de los líderes mundiales ante la alta crisis. En este breve articulo detallamos las decisiones implementadas desde la economía internacional, y el nuevo rol del Estado en el orden presente.

Una de las herramientas conocidas en contratiempos financieros es el control de capital. Este mecanismo busca inhibir la libre movilidad de capitales en un Estado, y su objetivo es la restricción de la cuenta financiera y aumentar los controles de entradas y/o salidas de capital. Este instrumento afecta a diversos parámetros, tanto económicos como no-económicos (desarrollo, comercio internacional, fragilidad financiera y hasta derechos fundamentales). Históricamente, su práctica puede remontarse a la Gran Depresión de los años 30, y es considerada ventaja, mientras dificulta el estallido de una crisis; y desventaja, si es que la propicia.

Si bien ejemplos históricos como el caso de Malasia en 1997 (crisis asiática); o próximos como el chino, durante el 2016 (flujo de capitales intenso); y el argentino, en 2019 (tras el agosto negro), indican el esporádico uso del control de capital por parte de los mercados emergentes durante tiempos de crisis, el panorama habitual podría cambiar dentro de breve.

David Lubin, jefe de Economía de Mercados Emergentes de Citigroup, sostuvo esta semana que, si bien estos mercados están preparados —experiencia y recursos—, el lapso de tiempo de la emergencia es desconocido, y frente al inminente agotamiento entre proteger la economía doméstica y evitar la fuga de capitales en simultaneo, estaría resurgiendo la posibilidad de un nuevo control de capitales. No obstante, ¿por cuánto tiempo? El Fondo Monetario Internacional (FMI), organización encargada de velar por la estabilidad del sistema monetario y financiero internacional, que durante la crisis del 2008-2009 insto a los países a adoptar políticas de estímulo fiscal y flexibilización monetaria, que pasó por una modernización en el 2010 (aumento de representación para mercados emergentes y en desarrollo), desde el 2012 expresó que el control de capital, antaño heterodoxia, ahora era aprobada como útil. Cabe destacar que el FMI era considerado por muchos el guardián de las fronteras abiertas al capital. Esto no queda allí, a mediados del 2019, el Banco de Pagos Internacionales (BIS) —que aglomera los principales bancos centrales del mundo— tuvo en cuenta, paradójicamente, este mecanismo como opción frente a riesgos financieros en mercados emergentes y, como necesario en general, proyectándose así a posibles decisiones futuras a nivel económico. 

En esa línea, la posible eliminación parcial o total de la liberalización económica (apertura comercial, desregulación de mercados y finanzas) supone la negación de la política económica que forjó la globalización desde finales del siglo XX. Además, es un acercamiento soslayado hacia lo que viene haciendo China desde su reinserción a la economía internacional, allá por la década de los años 90. Desde el nivel estatal, esto significa un aumento en la independencia de los estados respecto al exterior y una mayor autonomía en su manejo interno. Con ello, y frente a la inminente amenaza a la salud de la población, no solo la economía es intervenida, sino que las fronteras son cerradas y el Estado pasa a un estado de excepción permanente. Medidas como las descritas han puesto alrededor de un tercio de la población mundial en cuarentena.

Ahora bien, ¿qué está sucediendo con el multilateralismo, el trabajo coordinado y la cooperación internacional, para revertir esta situación? Desde la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Antonió Guterres ha pedido una respuesta coordinada del G-20, el foro de países industrializados y emergentes, bajo la guía de la Organización Mundial de la Salud (OMS), facilitando a su vez la cadena de suministros de la ONU. Por lo pronto, el G-20 acordó hace pocos días una hoja de ruta que pueda enfrentar la emergencia sanitaria. En nuestra región, la Organización de Estados Americanos (OEA) se ha limitado a instar a los estados a garantizar la salud pública y a aumentar su nivel de organización. Cabe mencionar las coordinaciones del foro Prosur, quienes se propusieron acciones conjuntas como la protección de fronteras, promover compras conjuntas de medicamentos, y la coordinación de medidas de asistencia económica con el BID o la CAF, la reunión digital conto con la presencia de sus miembros Perú, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, Paraguay, Argentina, y de Bolivia y Uruguay como observadores.

La coyuntura es apremiante, la curva de contagio aún no puede ser aplanada, y por el momento la pandemia supera la gestión de todo gobierno. Sin embargo, las decisiones que se han ido tomando en el tiempo desde el umbral económico, han permitido a los estados estar mayor preparados ante una eventual crisis. A pesar que estas armas puedan ser contradictorias (con el orden de cosas previo al virus) y hasta signifiquen para muchos un retorno del Estado-Nación, nada de esa novedad tendrá sentido si es que todas las medidas necesarias y posibles para frenar el virus no surtan ningún efecto. De igual manera, si los grados de inacción de las instancias coordinadoras regionales y globales permanecen ausentes y carentes de espíritu solidario, quedará en manos del gobierno y de la población el resurgimiento del valor y la virtud, que aseguren en la presente emergencia sanitaria y en próximos flagelos, una humanidad sana y preparada ante la adversidad. Por todo ello, y por el peso del tiempo que significa para muchos una reclusión indefinida, cada Estado tiene la obligación moral de hacer lo máximo posible para enfrentar al COVID-19.

Fuentes de investigación:

  • Baldwin, R. (2020). Keeping the lights on: Economic medicine for a medical shock. Macroeconomics, 20, 20.Banco de Pagos Internacionales, 2019, Monetary policy frameworks in EMEs: inflation targeting, the exchange rate and financial stability (Basel, Switzerland: Bank for International Settlements) https://www.bis.org/publ/arpdf/ar2019e2.htm
  • Fondo Monetario Internacional, 2012, The liberalization and management of capital flows: An institutional view (Washington, DC: International Monetary Fund), https://www.imf.org/external/np/pp/eng/2012/111412.pdf
  • García, C. (2005). Capital extranjero y política económica. Las crisis financieras del sudeste asiático, Editorial Fundamentos, Madrid. pp.331 – 335
  • Lubin, D. (30 de marzo de 2020). Does coronavirus herald capital controls? Beyondbrics. Financial Times. Recuperado de https://www.ft.com/content/ca5d9024-a92d-473c-b3bd-2df16f04e6bf
  • Schneider, E. (26 de marzo de 2020). Guterres pide al G-20 un plan de guerra coordinado y solidario contra el coronavirus. UN News. Recuperado de https://news.un.org/es/story/2020/03/1471782


Escrito por:

Salomón Mosqueira Valdez
Alumno del décimo ciclo de la carrera de Relaciones Internacionales de USIL. Tiene experiencia en Cooperación y Asuntos Internacionales en el Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci).