Una experiencia de infancia revela la diferencia entre precio y valor, y cómo esa lección define la esencia del marketing. 

El autor sosteniendo un fósil de amonite

Por: Héctor Llerena, estudiante de la carrera de Marketing de USIL

En el mundo del marketing siempre le damos vueltas a una idea: el precio es lo que pagas, el valor es lo que obtienes. El precio es un número frío; el valor es la percepción, la historia y el significado que le damos a algo. Curiosamente, una de las lecciones más grandes que he tenido sobre esto no la aprendí en un salón de clases, sino al lado de la Carretera Central cuando apenas tenía 12 años. 

Regresaba con mi mamá desde Cerro de Pasco hacia Lima. Era de tarde y, al llegar a las afueras de La Oroya, hicimos una parada. Mientras caminaba por el borde de la carretera, cerca de un lugar que parecía abandonado y lleno de piedras, algo llamó mi atención. 

Entre la tierra suelta vi formas que reconocí de los libros que me compraba mi mamá: espirales y conchas marcadas en la piedra. Mis ojos de niño brillaron. A más de 3,700 metros de altura, estaba pisando el fondo de un antiguo océano. 

Fósil bivalo

El verdadero valor no siempre es evidente 

Corrí a la camioneta y agarré la caja de plástico donde guardaba mis juguetes favoritos. En ese instante, tomé mi primera gran decisión estratégica basada en el valor: vacié la caja para llenarla con esas rocas pesadas. Un verdadero costo de oportunidad en acción. 

Hice varios viajes corriendo hasta que mi mamá, con la voz de la razón que tienen los adultos, me frenó: "No podemos llevarlas todas, pesan mucho". Para los ojos de cualquiera, el "precio" de cargar esas piedras era alto: quitaban espacio y le sumaban peso al carro. 

Eran, literalmente, piedras en el camino. Pero para mí, su valor era incalculable. Tuve que elegir y rescaté las piezas más impresionantes justo antes de que oscureciera. 

Cuando el valor supera al precio 

Esas piedras me acompañaron guardadas por años. Recién hace poco tuve las herramientas para buscar su identificación científica. Confirmaron mis sospechas: son amonites y bivalvos (Weyla) de hace más de 100 millones de años. 

El autor muestra un fósil de amonite

Marketing: descubrir lo extraordinario en lo ordinario 

Esa actitud que tuve de niño —la de ver más allá de lo evidente para encontrar algo extraordinario— es, en el fondo, el corazón del marketing. Un buen marketero debe tener la visión de un niño curioso: ser capaz de descubrir la historia oculta de un producto y entender que el verdadero valor no está en el empaque o en la primera impresión, sino en el significado profundo que aporta. 

Hoy, esos fósiles son el recordatorio de mi propia brújula profesional. En mi carrera de Marketing, si tienes la capacidad de asombro para descubrir el valor donde otros solo ven tierra y piedras, y la audacia para apostar por ello, ya tienes la ventaja competitiva más importante de todas.