Desde diciembre de 2019 el mundo vive pendiente de un enemigo invisible y mortal: la COVID-19, identificado inicialmente en China, y que luego se propagó por todo el mundo, convirtiéndose en una pandemia (Nelson, 2020) que conllevó a que todos los países asumieran normativas que salvaguarden la salud de las personas.

La principal medida que se asumió fue el aislamiento social obligatorio, una estrategia de salud pública (Centers for Disease Control and Prevention [CDC], 2017) que, en resumidas cuentas, implica evitar salir de casa con el fin de no contagiarse ni transportar la COVID-19. Esta medida se estableció, sin exclusión alguna, para todas las personas.

Entre todos los que acataron el aislamiento social se encuentran también los niños con diagnóstico del Trastorno del Espectro Autista (TEA), una condición del neurodesarrollo que se caracteriza por una manifestación diversa de alteraciones y peculiaridades en su conducta, agrupados en déficit en la comunicación social, presencia de comportamientos repetitivos e intereses restringidos (falta de tolerancia a los cambios) (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5th ed. [DSM - V], 2013).

Hasta antes de las restricciones establecidas, ellos asistían a centros de atención especializada (terapéutica y/o rehabilitadora), públicos o privados, a recibir sus terapias. Sin embargo, luego de las restricciones, muchos de ellos, lamentablemente, no han continuado con las mismas y este periodo de estar en casa ha conllevado a que presenten una alteración en sus rutinas diarias y, por consiguiente, alteren su conducta, generando un mayor número de crisis en su hogar y, a su vez, mayor sobrecarga por parte de sus cuidadores (Narzisi, 2020; Echavarría-Ramírez, Díaz-Reyes & Narsizi, 2020).

Consejos
Se han elaborado algunas recomendaciones, que son una alternativa para la situación actual, aunque no pretenden ser la solución prioritaria a los distintos casos ni tampoco buscan sustituir la intervención especializada e individualizada a cargo de un profesional competente, ya que cada persona con TEA es diferente y muestra una heterogeneidad de síntomas (Estes, John & Dager, 2019):

  • Explicarles qué es la COVID-19 de una forma sencilla y tomando en cuenta su nivel de funcionalidad.
  • Enseñarles a lavarse las manos y a usar las mascarillas para prevenir la COVID-19.
  • Mostrar y explicar la importancia de quedarse en casa.
  • Estructurar y mantener las actividades diarias o rutinas a través de “agendas visuales”.
  • Retomar las terapias presenciales, de ser posible, tomando las medidas necesarias para evitar el contagio.
  • Terapia online para el niño, en la medida de que las comorbilidades, capacidades y/o nivel de funcionamiento del niño lo permiten.
  • Consejería y/o asesoría psicológica virtual para los padres.
  • Mantener comunicación con el colegio, a través del medio más adecuado que establezcan.
  • Hacer actividad física, incluyendo en su agenda y, de ser posible, establecer las salidas a la calle con el protocolo debido.
  • Usar tablets, celulares u otros dispositivos electrónicos pueden ayudar al niño a entretenerse, mantener comunicación con sus amigos y familiares o recibir sus clases, pero debe restringirse los horarios para evitar un uso excesivo.
  • Usar apps educativas para contribuir al desarrollo y la consolidación de contenidos de los cursos que el niño tiene a cargo en la escuela y como complemento a su aprendizaje.
  • Establecer actividades de juego semiestructuradas, individual y compartido, con el fin de promover habilidades sociales y de comunicación.
  • Compartir momentos familiares y emocionales.
  • Dejar tiempo libre al niño estimulándolo a que se exprese libremente, aunque bajo supervisión.

Aquí algunos recursos que podrían revisar los padres con el fin de ampliar y aplicar estrategias según sus necesidades:

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Fuentes de investigación:

Escrito por:

Luis Miguel Echevarría Ramírez

Docente de la carrera de Psicología de la USIL. Psicólogo especialista en Neuropsicología Clínica e Infantil. Magíster en Psicología. Miembro de la Sociedad Latinoamericana de Neuropsicología (SLAN).